Traer cadáveres
ANTÓN LUACES.
José María Abreu tiene los ojos llenos de muertos. Desde la cubierta del pesquero Tiburón III, que patronea, contempló, impotente, el interior de un cayuco que, el 24 de octubre, apareció ante su barco con siete personas muertas. Ocurrió frente a las costas de Cabo Verde y los ojos de José María, al que pude ver en televisión a su llegada al puerto de Vigo, decían todo cuanto de horror habían visto. "Una auténtica masacre", dijo, como dijo también que una mano que se movía le dio a entender que, a pesar de todo, allí todavía había "vida". Uno, de ocho; y una veintena, o más, por la borda porque los muertos no pueden ocupar sitio en un cayuco que busca lo que no encuentran sus ocupantes en el país o los países de origen. Por eso a José María se le llenaron los ojos de muertos y los labios de palabras no dichas, aunque tuvo tiempo de pedir a los políticos africanos que frenen en sus naciones la salida de cayucos en busca del pan de cada día.
José María Abreu dijo que los pescadores no salen al mar para traer cadáveres. Y, sin embargo, es la pesca que tienen más segura, tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo. Nuestros marineros se están doctorando en este menester: el rescate de personas que han entregado a la mar una existencia que sólo era, hasta el momento crucial, una sombra de vida. Y en la mar no se puede mirar a otro lado cuando, como en el caso del cayuco de Cabo Verde, una mano puede dar testimonio de que queda vida, un hilillo de vida que se puede convertir en una verdadera maroma a poco que se permita a su "propietario" una mínima recuperación en un hospital y, posteriormente, un trabajo y un salario del que poder enviar a la familia un porcentaje más o menos alto.
Esto es lo que buscan los inmigrantes que optan por el cayuco o la patera para desafiar al sol, al viento y a la mar en un viaje al infinito porque no saben si Canarias o la costa de la península Ibérica serán, efectivamente, la estación termini.
Qué lejos nos parece todo esto y qué cerca lo ha vivido el vigués José María Abreu y sus compañeros a bordo del
Tiburón III. A él, a José María, los ojos se le han llenado de muertos por el cayuco fantasma que un 24 de octubre se cruzó en su camino de vuelta a casa; pero a otros muchos gallegos la salitre acumulada en las pestañas a bordo de buques de pasaje que tantas veces zarparon del muelle coruñés de Méndez Núñez no les impidió ver las mismas escenas de miseria, hambre e incluso muerte cuando buscaban en Cuba, en Venezuela, en Nueva York, en Argentina, en Brasil aquello que ahora buscan aquí los que hemos dado en denominar sin papeles, tan sin papeles como los gallegos que cruzaban el Atlántico a la espera de encontrar menos hambre en la otra orilla y, de paso, mandar a su pueblo, a su aldea, a la familia, unos dólares, unos pesos, unos bolívares que mitigaran los problemas que aquí se
acumulaban antes y después de la incivil guerra vivida en el decenio negro de los 30.
Llenar los ojos de muertos debiera servirnos para entender, de una vez por todas, que estas escenas vividas por Abreu no son, en absoluto, ajenas a los gallegos que, ahora, salen a la mar para acarrear difuntos. Dura, muy dura tarea.
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