Navidades en el mar de Angola
Los marineros del pesquero gallego `Villa de Hío´, que llevan seis meses de marea, festejan la Nochebuena en alta mar. "Nunca acabas de acostumbrarte", dice uno de ellos.
JUAN CALVO.PONTEVEDRA
Libertad Cruz estuvo preparando el viaje a Luanda (Angola) desde hace meses. No tanto como los que lleva sin ver a su marido, pero los suficientes para acumular ilusión. La intención de esta gallega era pasar unos días con él antes de que la Navidad se echara encima. Otros años había estado en el Senegal y en Perú acompañando a su marido, como también lo hicieron Salomé y Ana María. La primera, una vez en Las Palmas y la segunda, en Montevideo. Pero los hoteles de Luanda no reúnen las condiciones necesarias para pasar unos días en tierra y Libertad optó por dejarlo para una mejor ocasión.
Pero no hay desencanto en su mirada, tal vez la resignación de estar un año más -con éste van cuatro- sin su marido por Navidad. Martín, su marido, lleva seis meses en el caladero de Angola. Es el jefe de máquinas del Villa de Hío, un barco con 31 marineros que se dedica a la pesca de la merluza. Por primera vez en mucho tiempo, sus navidades no serán heladas. Las pasarán a 40 grados de temperatura, un cambio significativo respecto a las travesías de años pasados por los mares del norte.
No son buenas fechas para mostrar alegría, pero la tripulación del Villa de Hío reconoce que se muestra contenta por saber que los medios de comunicación se acuerdan de ellos no sólo cuando hay un naufragio. Ya no saben lo que es pasar unas navidades con la mujer y los hijos. "Lo aceptas, pero nunca acabas de acostumbrarte", apunta Martín Iglesias (38 años, natural de Moaña). Pero asegura que la Nochebuena es la noche más especial que hay en un barco. Y, de hecho, el menú es también especial. El cocinero del barco, Manuel Martínez, de 42 años (22 de oficio) y natural de Aldán, se encargó de elaborarlo. Para Nochebuena preparó unas gambas, langosta a la plancha y almejas en salsa de vieira, con una carne al vapor y todo ello regado con un buen vino de Rioja que les envía la empresa. De postre, un brazo de gitano de postre, y petit choux, que se le dan muy bien.
Aprendió el oficio en otros barcos y en tierra asistió a varios cursillos. "Cada barco es un mundo. Nosotros, aquí lo celebramos todos juntos, como una familia", apunta Manuel Martínez. Una simple botella o una tartera sirven de instrumento para acompañar a los que se arrancan a cantar algún villancico, pero también otras canciones que ayuden a soportar mejor la distancia. "Es un día muy duro", comenta Martín. El día que hablamos con él partía de Angola un compañero de máquinas para pasar la Navidad en casa. "La mar es soledad, nunca te acostumbras", asevera. No pudo asistir nunca al nacimiento de sus niños y comenta que su mujer se afanó desde siempre para que sus hijos no se distanciaran de él. "A veces ocurre que los hijos cuando regresas no te conocen y no quieren estar contigo. A mí me pasó la primera vez. Pero tengo que reconocer que mi mujer ha hecho un buen trabajo y nunca más volvió a suceder", reconoce Martín Iglesias, que añade que su hijo, el pequeño "se pregunta por qué cuando papá está en casa los Reyes traen más cosas", añade.
Reciben lotería de la empresa puntualmente y mandan comprar en casa algún número, pero, de momento, no hubo suerte. Ellos procuran en el mar mantener las tradiciones. Es una manera de no perder la noción del tiempo.
Celso Otero Rey es el capitán del Villa de Hío. Tiene 39 años y lleva desde los 17 en el oficio. "La tripulación ya tiene asimilado que llega un día especial. Para nosotros son unos días muy especiales", explica. Otero menciona que este año es también diferente porque cambiaron las frías aguas del norte por las cálidas de Angola: "Se me hace muy raro estar a 40 grados, después de tantos años". Comenta que por estas fechas el barco se adorna todo lo que mejor que saben y pueden. "El día de Nochebuena y al día siguiente se empieza como un día normal. Son fechas en las que la nostalgia te invade y aprendes a saber lo que es la morriña", asegura Otero. Cinco marineros llegaron el lunes a Galicia después de seis meses de marea. Ellos sí podrán pasar con su mujer e hijos estos días. El resto de la tripulación los despidió con una envidia sana.
Desde el puerto de Luanda se ven luces de Navidad en la ciudad. Hay árboles encendidos y los marineros en sus paseos por tierra reciben inequívocas señales de que un nuevo año se aproxima. Mientras, en Galicia, las mujeres de los marineros ya han preparado la Navidad. No debe faltar nada, por mucho que sus maridos estén a millas de distancia. Es la mejor forma de llevarlo. Además, los niños pequeños no deben notar demasiado la ausencia de su padre. Se confabulan para que estas fiestas sean alegres.
Libertad Cruz, Salomé Cerviño y Ana María Riobó deberán esperar algo más de un mes para ver a sus maridos. A lo largo de estos seis meses de marea han ejercido de padres, madres, de Papá Noel y, muy pronto, de Reyes Magos. No faltan los regalos para papá a pie de los árboles de Navidad y ellos, por teléfono, con el entusiasmo de esos niños que un día fueron, preguntan qué les ha traído Papá Noel o los Reyes Magos.
Libertad y Salomé acostumbran a pasar juntas la noche de Reyes. Se dan ánimos y buscan refugio en sus hijos. Esos a los que sus maridos no vieron nacer y que se sorprenden cuando los ven de vuelta en casa. "El mar me dio mucho, pero también me robó mucho". Es la frase que Salomé Cerviño dice que repite su marido, el capitán del barco. Ana María es la mujer del Chicho, el cocinero. Asegura que, cuando regresa a casa, la que cocina es ella, salvo que haya invitados.
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