Buscar la vida
ANTON LUACES. Un accidente en la mar, máxime si se registra a bordo de un pesquero, crea en tierra enormes secuelas. Más que aquellos otros que, producidos en tierra -incluida la minería-, son primera página un día y, a partir de ese momento, ha pasado a ser una nota de interior en el mejor de los casos. Los de la mar, no. Tal vez porque en esta lo desconocido, lo imprevisible, genera todavía un cierto morbo y este, traducido a la tarea mediática, significa análisis, propuestas, acusaciones, valoraciones y contravaloraciones.
Es el caso del pesquero coruñés Playa los Quebrantos que, hace unos días, conmocionaba al mundo de la mar por la pérdida en accidente laboral de uno de sus tripulantes a escasas 30 millas del puerto de
A Coruña. Un hombre joven, de 37 años, se caía a la mar tras, al parecer, romperse el cable de las puertas de arrastre que, en aquel momento, largaba en su tarea diaria de pesca. Se ha dicho que Fernando Suárez fue arrastrado a la mar a causa de esa rotura del cable. Y, por la valentía de su patrón, pudo volver a bordo del barco, aunque sólo por unos minutos. El patrón se lanzó al agua tras el marinero y logró recuperar su cuerpo. Pero este llegó a la cubierta del Playa los Quebrantos para que se pudiera dar testimonio de una muerte que, desgraciadamente para él y su familia, confirmaban posteriormente los sanitarios que le atendían en el aeropuerto de Alvedro.
Fernando fue, efectivamente, rescatado por el patrón del pesquero y, una vez en la cubierta, atendido durante unos diez minutos por sus compañeros. Estos asumieron como propia la tarea de recuperarlo, aplicándole técnicas de reanimación cardiopulmonar. Ante la evidencia de que no lograban esa recuperación, se dio aviso inmediato a Salvamento Marítimo para que enviase cuanto antes un helicóptero. Se establece un punto de encuentro y, cinco minutos más tarde, se pone en conocimiento del Centro Radiomédico del ISM la situación del marinero: existe dilatación de pupilas y el cuerpo está cada vez más frío. Son las 02.15 (hora local). Desde el Centro Radiomédico se aconseja continúen con la reanimación de Fernando y hagan llegar a Salvamento Marítimo la necesidad de disponer de un desfibrilador porque, ante el cuadro que se presenta, es imprescindible para intentar ayudar al accidentado. Aquí es donde se inicia el retraso en la prestación del socorro por parte del helicóptero Helimer Galicia, al tener que esperar la llegada del instrumental médico solicitado. Un retraso justificado, esta vez, porque la aeronave de Salvamento Marítimo sólo dispone de lo esencial para la búsqueda y rescate de náufragos y, además, en su equipo de tripulantes no figura ningún médico o sanitario. Cuarenta minutos después de las comunicaciones reseñadas, se suspende la tarea de reanimación del cuerpo del joven marinero. La vida se había ido de él y los sanitarios del centro hospitalario Juan Canalejo de A Coruña sólo pudieron certificar esa muerte en el momento de recibirlo en el aeropuerto de Alvedro con una ambulancia medicalizada que sí disponía de un desfibrilador.
Aquí termina un doloroso episodio en la mar, en cuyo transcurso un hombre, el patrón del Playa los Quebrantos, arriesgó su vida por uno de los marineros. Este, muy probablemente, se fue a la mar arrastrado no por la acción del cable roto, sino porque algo se había roto en su interior. Algo ajeno a la pesca, que no al trabajo, a la vida. Fernando Suárez -su autopsia debe haberlo registrado- es probable hubiera sido víctima de ese mal silencioso tan conocido en la mar y que todos denominan "ataque al corazón". Y se fue a la mar, en un último acto de servicio, con el aparejo de arrastre. Su patrón no quiso que se quedara en ella y lo rescató con un hilo de vida que se perdió en la cubierta del Playa los Quebrantos. Fernando Suárez es ya un recuerdo. Su caso termina aquí. Ya no hay más morbo. Deja de ser noticia.
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