Nada nuevo: los mismos de siempre
ANTÓN LUACES Abertis Telecom o Telefónica juegan al gato y al ratón y no precisamente para que el primero se coma al segundo. Puede que, simplemente, se hayan dado cuenta de la importancia económica que, para ambas sociedades, tiene el ir de la mano a un negocio tan evidente que incluso desde intereses espurios (en sus acepciones de bastardo y falso) hay quien mueve ficha para lograr que de ese entendimiento se deriven para él beneficios. La Dirección General de la Marina Mercante debiera investigar y corregir -caso de ser necesario- para evitar que el boquerón pase de la sartén al fuego.
Lo que ahora se vive por culpa de una mesa de contratación que pudo no haber cumplido algunas de las previsiones para la adjudicación de un concurso como el del socorro marítimo que Telefónica dejará el 26 de abril de 2009 para que, al día siguiente, se haga cargo de este servicio Abertis Telecom. Este servicio nació el 24 de diciembre de 1906, cuando las ondas electromagnéticas se convirtieron en palabra, lo que conocemos como fonía en las comunicaciones radiomarítimas.
Reginald Fassende, un ingeniero aficionado al violín, puso en marcha hace casi 102 años lo que la mayor parte de los marinos consideran como la primera transmisión radiotelefónica de la historia. Aquel 24 de diciembre de 1906 los telegrafistas (operadores de telégrafo) escucharon con pasmo el sonido de un violín (que el propio Fassende hacía sonar) y, a continuación, la voz del propio ingeniero que relataba al apóstol San Lucas en torno a la figura de Jesús. Al tiempo, Fassende aprovechó para desear a una audiencia de marinos una feliz Navidad.
Como muy bien dice la Fundación Letras del Mar, nacía así el primer programa ¿radiofónico? de la mar.
Hay unos antecedentes. Por ejemplo, la transmisión entre dos buques situados a 12 millas del puerto de La Spezia. Fue en 1896. El padre del invento, un viejo conocido de los "radiotelembristas": don Guillermo Marconi, a quien las autoridades marinas jubilaron definitivamente el 31 de enero de 1999, cuando la telegrafía sin hilos fue liquidada por vía de apremio para que, al día siguiente, un juguete -para algunos lo sigue siendo, todavía- denominado SMSSM pasara a ser protagonista. Atrás quedaban los servicios prestados por el morse desde un vehículo que fue la telegrafía sin hilos. Se mantiene, no obstante, y gracias a la fonía, el Save Our Souls (Salvad nuestras almas) que se ha popularizado con sus siglas: SOS.
Con estas siglas y las del SMSSM juntas, alguien podría estar jugando en su beneficio por la ignorancia o con el beneplácito de quienes tienen la obligación de hacer que el sistema de socorro en la mar cumpla su objetivo único: salvar vidas humanas. Sin tener en cuenta los intereses económicos de empresas que homologan equipos y desvían prebendas. Radiobalizas satelitales, respondedores radar, satélites, internet... Todo está pensado como negocio y como medio de ayuda en la mar; pero en tierra hay quien sólo quiere ver el beneficio de la cuenta corriente al precio que sea. No caen en la cuenta de que las tecnologías nunca podrán sustituir al hombre o mujer que, con la debida preparación, coordina desde una consola la acción de salvar. Por ejemplo, aquellos curtidos radiotelegrafistas u oficiales radioelectrónicos que, ahora, optan por acogerse a la jubilación anticipada y dejar en manos de Abertis y Telefónica la responsabilidad de atender un socorro, una emergencia, en la mar que, más tarde, analizarán detenidamente los miembros de un comité de sabios que, de repente, descubren que los barcos pueden hundirse porque sí y sus tripulantes morirse por dejación, omisión o tardía respuesta.
Es lo que hay, tovarich.
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