Se fue el espÃritu libre
ANTÓN LUACES No es, ni con mucho, una licencia. Ni siquiera una reflexión más o menos poética. Es, en realidad, lo que los años de conocimiento dan como resultado porque Rafael Montoya Joya fue siempre un espÃritu libre que cabalgaba las olas del Estrecho de Gibraltar como sólo un marrajero lo puede hacer si tiene el oficio que siempre tuvo Montoya. Ese su espÃritu libre logró el maximun al liberarse del cuerpo de Rafael el lunes y abandonarlo, definitivamente, el martes, con las sombrÃas expectativas de la costa otra vez envuelta en olas negras.
La última vez que estuve con él fue en Madrid, el pasado mes de febrero. Animoso, como siempre, pariendo libros como sólo una madre puede hacerlo en la mar; los ojos plenos de salitre y las manos deseosas de encontrar la botavara con la que perchar y justificar el paseo por la aleta mientras los demás permanecÃan en la amurada certificando adhesiones a tal o cual candidato a la junta de la Federación Nacional de CofradÃas de Pescadores de la que el propio Montoya formó parte tantos años como patrón mayor de Algeciras y Presidente de la Federación Andaluza de CofradÃas.
La vida de Rafael Montoya usó de su voz recia acostumbrada a luchar contra el sotavento, pero se fue arrizando desde que faltó en la cofa del velero en que convirtió su dÃa a dÃa la vigÃa fundamental de su existencia. Ella se fue y Rafael la siguió en poco tiempo porque su esposa, en la bonanza y el temporal, era su capitán de bandera.
76 años tenÃa Montoya y hubo de recurrir a la chalana para iniciar la derrota que le condujo al cementerio de Algeciras en el que ya no podrá navegar ni contar los barcos de pesca que faltan en la bahÃa en dÃas de temporal.
Lo tumbó el levante cuando utilizaba una simple ola para seguir sujeto a la vida y no le sirvió virar por avante. Ahora, Algeciras tiene un tolete menos y la Federación Nacional de CofradÃas, con su presidente gallego a la cabeza, orza para encontrarse de frente a quien nunca usó del rebenque para castigar a los rebeldes. Lo suyo fue la conversación llana, sin cabrillas en la mar, para convencer a los raqueros si fuese necesario hasta que la última gota de rocÃo se secaba en el penol.
Andaluz de AlmerÃa, Rafael Montoya echó el rezón en Algeciras y mira desde la regala de este buque al sur del sur, Punta de Europa avante, para ver pasar las gaviotas y el último marrajo, contarlos y llevar la cuenta.
Ya no habrá para él más rociones. Sólo el sol que se fue y el viento que lo ahuyenta.
Se ganó el descanso y un lugar destacado en el friso, entre el costado y la cubierta de la historia de la mar y la pesca.
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