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La Coctelera

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12 Febrero 2009

Qué solos se quedan los muertos

ANTÓN LUACES Hacía frío y llovía en la coruñesa dársena de Oza y, en una especie de intento de retrotraerme a los tiempos estudiantiles -¡tan lejanos ya!-, Gustavo Adolfo Bécquer se me hizo presente en esa mañana desapacible que invitaba a la mesa camilla y el brasero antiguo, para exclamar con el poeta aquel dolorido "¿Dios mío, qué solos se quedan los muertos!". Mis muertos eran, en aquel momento y ahora mismo, las decenas de barcos multicolores que, atracados o acoderados, esperan la ejecución de sentencia.

Si el silencio tuviera un sonido propio, éste sería el de la dársena coruñesa de Oza, donde sólo se escucha esa especie de chirrido que es el graznido de las gaviotas y el ruido del motor de algún que otro coche de la policía portuaria. Oza es un cementerio de acero. Un Pearl Harbour de 2009 víctima del bombardeo inmisericorde de una crisis que, al parecer, afecta de manera especial a la construcción y que, sin embargo, deja en el campo de batalla de la mar miles de muertos que nadie contabiliza porque, entre otras cosas, el marinero tripulante de cada uno de estos barcos que se consumen como lamparillas de aceite y los armadores de los mismos no constan como perdedores de empleo ni demandantes de la insulina que mitigue el efecto de la diabetes económica. El puerto coruñés de Oza se cae a pedazos. Su silencio es el propio de un cementerio con un ciprés de acero dotado de radiobaliza de 406 MHz. con GPS. Las cruces de sus tumbas son los radares, los gonios, los mástiles. Las capillas o las instalaciones forenses, los puentes de mando.

Todo, absolutamente todo está muerto en Oza. Y sólo el campanil de la ermita próxima y la luz nocturna del faro reconvertido dan fe de un tiempo no tan lejano en el que un barco era una empresa, un lugar de trabajo, el hogar de una decena de marineros que buscaban en Gran Sol o el caladero del Cantábrico Noroeste el pescado necesario para vivir más o menos dignamente del trabajo. Muchos de aquellos marineros han pedido a sus armadores 20 euros para pasar las fiestas de Navidad con algo caliente y distinto del frío de cada día.

¿Crisis?... No, la del puerto coruñés de Oza no es una crisis como la de la construcción, la del sector automovilístico, la de los diarios gratuitos que cierran porque no tienen publicidad que los sostenga, no... En Oza hay un "berro seco" silencioso que ni siquiera perturba los astilleros próximos. Se empañan los cristales de las gafas y no es el salitre, ni la lluvia, ni el viento mareiro: es el sonido del silencio que preludia la muerte de 40, 50, 60 o más barcos que se venden, que se han embargado, que esperan su destino al socaire de la liquidez de armadores que han empeñado sus patrimonios o que, simplemente, han optado por "dejarlo" todo para que "se lo coma Hacienda, las compañías de seguros, los bancos y su puta madre". ¿Y los tripulantes? Los tripulantes se mueren como gorriones en una jaula que creyeron de oro y era pura filfa chapada. Los marineros compran tabaco de liar, vuelven al "chiquito" y dejan el vermut, el güisqui, la crema, el café con gotas, porque resultan caros y porque, además, no aguantan en casa la mirada de quien pide soluciones sin acusar de nada a quien nada tiene y menos va a tener mañana. El marinero está en la calle, literalmente. Entre vedas, temporal y falta de liquidez de su armador, ni siquiera tiene el recurso del subsidio de paro. No se acerca al puerto por no llorar, por no verter sangre por los ojos, por no decir que está hasta los cojones del silencio de Oza, del silencio de los sindicatos, del silencio del viento, del silencio de la mar que no se mueve y no hunde en el mismo puerto a los barcos embargados, a los barcos que buscan un comprador, a los barcos a los que Repsol extrae el combustible porque el armador no ha pagado los últimos suministros.

Se pudren las volantas y en muchas cubiertas hay, todavía, restos de lo que fue una vida a bordo. Restos que son mierda pura, escondida -ella también- en el silencio cómplice, en un puerto que está a corta distancia de centenares de oficinas bancarias que ya no solucionan, ya no venden fondos ni ofrecen cuentas de buen pagador, ni conceden créditos que valgan, ay, el Igape y el ICO. Más alejada está la delegación de Hacienda, que a ver a quién va a cobrar este año. Y ahí, al lado, uno de los mejores centros médicos de España que ya no es Juan Canalejo sino Complejo. Complejo ¿de qué? Sanitario y universitario. Un centro que acoge ánimos decaídos, ganas permanentes de llorar, deseos irrefrenables de gritar silencios de hierro corroido, de acero pintado, de estampa marinera, de mares que ya no "cortarán" las proas de esas decenas de complejos de un sistema económico y social que se hunde con la pescadilla a un euro el kilo si tienes la suerte de venderlo y si todavía queda un barco que la pesque.

Oza, la orgullosa y disputada dársena coruñesa de Oza, de se hunde en un cementerio gris, de mar que no se rebela y de algas que esperan la colonización. Sus barcos están a la venta. ¿Hay quien dé más?

Link: www.laopinioncoruna.es

 

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