¿Qué mar les dejamos?
ANTÓN LUACES Por los años que uno tiene, queda en el disco duro o memoria personal la imagen de un mar canario con barcos de ida y vuelta; el mar de Arousa pleno de pesqueros de todo tipo y tiempo desde las dornas xeiteiras a los racús, pasando por los grandes cerqueros, las parejas, los primeros arrastreros, las "tarrafas" foráneas y, sobre todo, el alegre tac tac de los motores HMR fabricados en los desparecidos talleres del mismo nombre en el malecón ribeirense; la bahía de Cariño (más de lo mismo) y la ría coruñesa con el incesante pasar de buques de todo porte, desde el famoso Covadonga a los remolcadores alemanes atracados en el muelle de Calvo Sotelo, los cargueros, los pesqueros...
Era, aquel, un mar vivo y que hacía vivir. El de hoy, sin ser el mar Muerto, es el mar que se va lenta, agónicamente, en la mirada triste del marinero que no ve sentido al amarre de barcos o al desguace de estos, los muelles con sus líneas de atraque vacías -sólo están llenos los del puerto de Oza, con barcos que se van convirtiendo en esqueletos de sí mismos- y enormes extensiones de terreno que ya no tienen objeto ni objetivo, tal vez a la espera de un futuro de hormigón, viviendas de lujo y oficinas de no se sabe qué empresas de otro no menos incierto futuro.
Este es el mar que heredan hoy nuestros hijos. Pero ni siquiera podemos imaginar qué mar vamos a dejar a los nietos, los que comen un pescado elaborado que no ven vivo en la mar ni tampoco entero en sus platos o en las cocinas de sus padres, niños que se creen que todo el pescado es un filete y que los peces, por tanto, no tienen espinas, ni rabo, ni cabeza, ni aletas... Niños -nuestros nietos- que ya no ven el mar limpio y transparente de nuestras costas y que perciben, como sombras, las formas de los mújeles que acuden a los vertederos de los muelles; niños que no ven cómo las gaviotas "cazan" peces, porque estas aves se han acostumbrado a los vertederos, tierra adentro.
Niños que saben de mar porque alguien les ha hablado de los tsunamis, de barcos hundidos, de piratas que asaltan buques...
No son niños que miran, confiados, el horizonte acostumbrados como están a que lo más lejano es la pantalla de una maquinita que les consume la fantasía; que no juegan a Tres marinos a la mar, ni siquiera "construyen" barcos de arena que la mar se lleva cuando "sube"...
¿Qué mar les dejamos a nuestros nietos? ¿Qué fantasías se están perdiendo, los pobres? ¿Qué estamos haciendo con su futuro?
Si uno pudiera, renunciaría a ser abuelo como castigo a nuestra irresponsabilidad de ciudadanos de puertos de mar.
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